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Adenda Santo Tomás

Libardo León Guarín

Libardo León Guarín Desde Zapatoca, Colombia

El nombre del Colegio bien pudo cambiarse por el de San Juan Bosco durante los 28 años que estuvo dirigido por los Salesianos (1.945-1.973), el período más largo de dirección unificada en la vida del plantel; pero se respetó el de Santo Tomás que le dieron los Dominicos, responsables académicos desde el inicio de labores en 1.913 hasta 1.930.

Estudiantes, Profesores y Directivos del Colegio Santo Tomás de Aquino de Zapatoca, en 1920A partir de 1.973 la historia del Centro Docente ha sido sinuosa y errática, entre ensayos fallidos y penurias económicas, con pérdida del viejo esplendor educativo que lo hizo famoso mucho más allá de las paredes de su gran edificio, de la Loma del Trigo y de La loma del Cementerio, de La Circacia y de La Raíz; su decadencia en estos últimos años no es siempre producto de la dirección varias veces improvisada y poco comprometida, con rectores a quienes se les entrega en barco anclado para que lo muevan sin tener con qué, sino porque los cambios en la educación a partir de la segunda mitad del siglo XX así lo establecieron.

 

La psicología y la sociología hicieron desaparecer los internados para niños y adolescentes; los pocos que continúan son los de las monjitas de clausura, las cárceles y los cuarteles; pero la liberación de costumbres atávicas hizo otro tanto y la comercialización de centros educativos en todas partes, con más fuerza después de la Constitución de 1991, dejaron sin apoyo la idea de enviar estudiantes desde Barranca, Cartagena, Bucaramanga, Barranquilla, Socorro o Güepsa a Zapatoca, para que el “sistema preventivo” de Don Bosco formara hombres tan sabios como honrados y eso sí, buenos cristianos.

Pero en la primera parte de esta adenda se propuso repasar hechos y espacios antecedentes, y del trayecto vital que me correspondió vivir como alumno salesiano (1.956-1962), partiendo de la Casa de Geo von Lengerke, sede inicial manejada como lote subutilizado cuando tierra barata era lo que había, y durante la construcción del adecuado edificio para los años sesenta pero elefante blanco en los tiempos que transcurren.

Mientras se construía con auxilio nacional de $1.500.000, equivalentes entonces a US$ 1.500.000, por gestiones de Manuel Serrano Blanco y el P. Leonardo Mascagni, entre otros, la entrada continuaba partiendo de la vieja casona, pasando por un pasillo amplio y  hechizo por el costado sur occidental hacia un corredor, que por un lado miraba al patio de recreos separado por un barandal, y por el otro con paredes de la capilla de grandes ventanas hacia la calle, donde religiosamente debíamos asistir todos los días, internos y externos, a misa de 6.30 a.m.

De ahí que un condiscípulo amigo “parce de la gallada” entonces y médico de pobres después, solía decir que tenía tantas misas de reserva que podía regalarlas a quien las quisiera, porque tampoco sus pecados eran tantos.

Esta parte en tapia pisada, ya construída para el Colegio por las comunidades que lo dirigieron antes de 1.944, tenía un segundo piso con corredor en madera, donde funcionaban un dormitorio y el salón de las bandas de guerra y de música, tan de la formación salesiana; las primeras adoptadas por influencia de la marcialidad militar del fascismo italiano y las segundas como parte de la educación estética que, junto con el teatro, estimulaba el Santo Tomás de entonces, al punto que hasta yo tuve pretensiones de actor; pero cuando intenté ejecutar algún instrumento musical me fue como a los perros, no porque tuviese oído de latonero, sino porque nunca entendí por qué Mi iba antes de Fa y una negra no valía lo mismo que una blanca.

Las bandas se fortalecieron con la donación que hiciera una dama rica, Ana Dolores Rueda de Serrano, de instrumentos de alta calidad que se importaran para este fin; primera la calidad académica pero integrada con sesiones teatrales, competencias deportivas, desfiles marciales, revistas gimnásticas, banda para música brillante -“Josefina” “Mariolina” y orquestas de donde salieron cantantes e intérpretes valiosos, eventos que entraron a formar parte de la vida de la población y de la lúdica interna. 

Vista Actual del Instituto Técnico Industrial de ZapatocaAl terminar esta parte y sin solución de continuidad comenzaba una segunda etapa en la construcción, ya en cemento y hierro, con pisos en baldosín amarillo y rojo a la manera de un repetido tablero de ajedrez, también con primero y segundo pisos, escalera esquinera, barandas con columnitas en cemento armado y otra escalera señorial muy utilizada para las fotos de compañeros de curso, que permitía bajar al patio ubicado en lo que hoy llamarían nivel 0; y batería de inodoros de tanque elevado con cadena y platina de hierro en el piso, donde el paciente debía acurrucarse para evacuar las excretas sólidas, nunca para las líquidas so pena de exponerse a dudas sobre el género macho; modelo de sanitario que afortunadamente no pegó por estas tierras, pero que décadas después tuve oportunidad de ver en pueblos árabes, para los cuales sentarse en la taza de los modelos occidentales es antihigiénico cuando no procaz.

En su segundo piso dormitorios, rectoría y aulas en el primero que ahí empieza a ser segundo dado el desnivel del terreno, donde después, durante la rectoría del P. Idelfonso Gil, se instalaron los importados laboratorios de física y química, todo un acontecimiento académico para la vida del Colegio, porque lo poco que quedaba parecía de magos y alquimistas.

 

Y en la fachada exterior ventanas y una esquina curva, la volví a ver en  el pasado número de esta Revista, que algo recuerda la arquitectura “Decó” tan de moda por los años cincuenta; en su parte baja un recuadro incrustado en el muro con la “primera piedra” hoy sin apreciarse, con Cristo metálico en el centro, cuyo estado aún me sorprende en un pueblo tan conservador y creyente como Zapatoca: aparecía machacado con golpes contundentes y la duda de si se trataba del regreso de los crucificagatos que en el siglo XIX escandalizaron beatas, provocaron excomuniones y presagios admonitorios sobre el futuro de la villa; o intentos por desprenderlo para robárselo.

El estudiantado venido de diferentes partes, internos en su gran mayoría porque Zapatoca no daba para ocupar tanto espacio, como sucedía en los dos colegios femeninos, era una amalgama de adolescentes hambrientos de todo, unos decían que por el clima y la comida franciscana de los salesianos y otros que por la pubertad cargada de hormonas que no dan sosiego; cursos anuales desde 5º de primaria hasta 6º de bachillerato –hoy grado 11- con exigencia académica, disciplina y manejo honesto de notas y dineros; la Comunidad solía tener rectores que ubicaba estratégicamente cuando estos elementos comenzaban a fallar, con el fin de mantener el prestigio bien ganado.

La disciplina era tal que inventaron “la pesa”, una pesada bola de hierro usada por los deportistas lanzadores de bala, para mantener el aseo en patios, aulas y corredores; para comenzar un “superior”, como se decía a los miembros de la Comunidad, avistaba algún desordenado tirando basura al piso y le entregaba la bala para que la cargara a todas partes; el desafortunado debía hacer lo mismo con un compañero ídem y así sucesivamente.

Por lo demás el intercambio cultural entre alumnos y profesores venidos de diferentes medios, al tiempo que convertían los colegios en enclaves un tanto ajenos a la vida cotidiana del entorno, enriquecía culturalmente hasta en la manera de pelear, porque una cosa eran los costeños y otra los chucureños. Pero si eso también es parte de esta misma historia, hoy ya se agotó el espacio y la pildorita para la memoria; la próxima vez será otro día.

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