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El Diezmo Bíblico

Presbítero Juvenal Landines, Párroco Iglesia San Joaquín, Zapatoca

Presbítero Juvenal Landines, Párroco Iglesia San Joaquín, Zapatoca

Transcripción: Carmen R. Pinilla Díaz

“CADA CUAL DÉ SEGÚN EL DICTAMEN DE SU CORAZÓN, NO DE MALA GANA, NI FORZADO, PUES DIOS AMA AL QUE DA CON EL CORAZÓN ALEGRE”. (2 Corintios 9.7)

PRESENTACIÓN:

Iglesia de San Joaquín de ZapatocaLos sacerdotes que trabajamos en la Parroquia de San Joaquín de Zapatoca, agradecemos de corazón la generosidad de toda la comunidad y el interés permanente por colaborar de acuerdo a las posibilidades con las necesidades de la Iglesia. Zapatoca siempre se ha caracterizado por ese amor incondicional a la Iglesia y por la forma como todos colaboran con sus contribuciones económicas, especialmente con el pago puntual del diezmo, que es un mandato bíblico ordenado por el mismo Dios.

Este folleto resume el valor de la ofrenda del diezmo, a la luz de la Palabra de Dios y nos recuerda las bendiciones que Él reparte a quien da con alegría y generosidad. “El diezmo es una ofrenda personal a nuestra Iglesia Católica para el anuncio del Evangelio. Desde el Antiguo Testamento, el Señor nos invita a colaborar con el diezmo y las primicias: “Ofrecerás el diezmo de todos los productos para que Yahvé, tu Dios, te bendiga en todas las obras de tus manos”, (Deuteronomio 14,22). El mismo Jesús aceptó los aportes que sus amigos le ofrecían para su vida apostólica: “Jesús iba recorriendo ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios. Lo acompañaban los doce y también algunas mujeres, a las que había curado de espíritus malos o de enfermedades:  María,  por sobrenombre Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de un administrador de Herodes, llamada Cuza; Susana, y varias otras que los atendían con sus propios recursos”, (Lucas 8, 1-3). Las primeras comunidades vivían unidas y repartían sus bienes de acuerdo con sus necesidades: “Todos los que habían creído vivían unidos, compartían todo cuanto tenían, vendían sus bienes y propiedades y repartían después el dinero entre todos, según las necesidades de cada uno”,(Hechos 2, 44-45),

Al pagar el diezmo reconocemos que no somos dueños de lo que tenemosEl Código de Derecho Canónico (canon 222), enseña que los fieles tienen el deber de ayudar a la Iglesia en sus necesidades, de modo que disponga de lo necesario para el culto divino, las obras de apostolado y de caridad y el conveniente sustento de los ministros”, (Directorio sobre administración, Diócesis de Socorro y San Gil). 

El diezmo lo deben pagar todos los que por su trabajo reciben una remuneración. Se señala como contribución del diezmo el equivalente al valor de un día de trabajo al año. Quien pueda dar algo más, por justicia debe hacerlo:  “Da al Altísimo como Él te ha dado a ti,  con generosidad, de acuerdo a tus capacidades, porque el Señor sabe pagar y te devolverá siete veces más”, (Eclesiástico 35, 9-10).

Al pagar el diezmo reconocemos que no somos dueños de lo que tenemos, sino, administradores de los bienes del Señor.  A los que cumplen puntualmente con esta obligación, Dios los recompensará  y a quienes no lo han hecho, si leen con atención este mensaje, sin duda que de ahora en adelante lo harán con gusto y mucha generosidad.

Que Dios de mil maneras bendiga nuestra Parroquia, especialmente a los que contribuyen con esta valiosa ofrenda del diezmo y les multiplique sus bienes espirituales y materiales para que sigan compartiendo lo que son  y lo que tienen con la Iglesia, y en ella, con los más pobres.

LOS DIEZMOS COMO NECESIDAD SENTIDA DESDE EL PRINCIPIO:

En la conducta de los primeros hijos de Adán y Eva aparece ya la práctica de ofrendar al Señor parte de sus bienes para reconocer así su absoluto dominio sobre los  hombres y sobre todos los demás seres. El sagrado libro del Génesis nos dice: “Abel era pastor de ovejas, mientras que Caín era labrador. Abel hizo una oblación de los primogénitos de su rebaño, y de la grasa de los mismos. Yahvé miró propicio a Abel y su oblación…”.

Esta actitud seguramente se extendió y llegó  ser norma para quienes obraban de manera agradable a Dios. Así vemos cómo Abraham dio al sacerdote Melquisedec “el diezmo de todo”,(Génesis 14,20).

Años más tarde, su nieto Jacob hizo a Dios el siguiente voto: “Si Dios me asiste y me guarda en este camino que recorro, y me da pan para comer y ropa con qué vestirme, vuelvo sano y salvo a casa de mi padre, entonces Yahvé será mi Dios; y esta piedra que he puesto como un pilar será Casa de Dios; y de todo lo que me dieres, te pagaré el diezmo”, (Génesis, 28, 20-22).

EL SEÑOR ORDENA PAGAR EL DIEZMO:

Diezmo en monedasCuando Moisés legisla y da las normas que debe seguir el pueblo de Dios, da mucha importancia al deber de honrar a Dios mediante el pago de los diezmos. Estos son sus principales preceptos sobre este punto:

1.- “El diezmo entero de la tierra, tanto de las semillas de la tierra, como de los frutos de los árboles, es de Yahvé, es cosa sagrada para Yahvé. Si alguno quiere rescatar parte de su diezmo, añadirá la quinta parte de su valor. Todo diezmo de ganado mayor o menor, es decir, cada décima cabeza que pasa bajo el cayado, será cosa sagrada de Yahvé. No se escogerá entre animal bueno o malo, ni se le puede sustituir; y si se hace el cambio, tanto el animal permutado, como su sustituto, serán cosas sagradas, no podrán ser rescatados”, (Levítico 27, 30-33)

2.- En el Deuteronomio aparece la orden de pagar los diezmos y la razón de este mandato: “Cada año deberá tomar el diezmo de todo lo que tus sementeras hayan producido en tus campos, y, en presencia de Yahvé tu Dios, en el lugar que Él haya elegido para morada de su nombre, comerás el diezmo de tu trigo, de tu vino y de tu aceite, así como los primer nacidos de tu ganado mayor y menor, a fin de que aprendas a temer siempre a Yahvé, tu Dios”, (Deuteronomios. 14,22-24).
En la pedagogía divina aparece cómo es, mediante la donación de los diezmos, como el hombre aprende prácticamente a reconocer y respetar el señorío de Dios, que lamentablemente es muy olvidado con frecuencia.

Pero el texto más precioso de Moisés sobre el diezmo es el que hallamos en el capítulo 26 del mismo libro Sagrado: “Cuando llegues a la tierra que Yahvé, tu Dios, te da en herencia, cuando la poseas y habites en ella, tomarás las primicias de todos los productos del suelo que coseches en la tierra que Yahvé, tu Dios, te da, las pondrás en una cesta y las llevarás al lugar elegido por Yahvé, tu Dios, para morada de su Nombre. Te presentarás al sacerdote que esté en funciones y le dirás: “Yo declaré hoy a Yahvé, mi Dios, que he llegado a la tierra que Yahvé juró a nuestros padres que nos daría”. El sacerdote tomará de tu mano la cesta y la depositará ante el altar de Yahvé, tu Dios.

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Tú pronunciarás estas palabras ante Yahvé, tu Dios: “mi padre era un arameo errante que bajó a Egipto y fue a refugiarse allí, siendo pocos aún, pero se hizo una nación grande, poderosa y numerosa. Los egipcios nos maltrataron, nos oprimieron y nos impusieron dura servidumbre. Clamamos entonces a Yahvé,  Dios de nuestros padres, y Yahvé escuchó nuestra voz, vio nuestra miseria, nuestras penalidades y nuestra opresión, y Yahvé nos sacó de Egipto con mano fuerte y tenso brazo en medio de gran temor, señales y prodigios. Nos trajo aquí y nos dio esta tierra que  mana leche y miel; y ahora yo traigo las primicias de los productos de la tierra que tú, Yahvé, me has dado”.

Las depositáis ante Yahvé, tu Dios, y te postrarás ante Yahvé, tu Dios. Luego te regocijarás por todos los bienes que Yahvé, tu Dios te da a ti y a tu casa, y también se regocijará el levita y el forastero que viven contigo.  El tercer año, el año del diezmo, cuando hayas acabado de retirar el diezmo de toda tu cosecha y se lo hayas dado al levita, al forastero, a la viuda y al huérfano, que comerán de ello dentro de tus puertas hasta saciarse, dirás en presencia de Yahvé, tu Dios: “he sacado de mi casa lo que era sagrado, se lo he dado al levita, al forastero, al huérfano, a la viuda, según todos los mandamientos que me has dado, sin traspasar ninguno de tus mandamientos, ni olvidarlos. No he comido nada durante mi duelo, nada impune he consumido, nada he ofrecido al muerto. He obedecido  a la voz de Yahvé mi Dios y he obrado conforme a todo lo que me has mandado. Desde la morada de tu santidad , desde lo alto de los cielos, contempla y bendice a tu pueblo Israel, así como al suelo que nos has dado, como habías jurado a nuestros padres, la tierra que mana leche y miel”, (Deuteronomio, 26, 1-15)

Como los hijos de Israel entraban al templo con sus donaciones y decían al Señor: “Por eso entro aquí con las primicias de los frutos del suelo que me diste”, así todos nosotros debemos manifestar nuestra gratitud al Señor por los bienes materiales que nos concede, ofreciéndole el diez por ciento como señal de gratitud y como reconocimiento de su señorío.

LOS PROFETAS Y EL DIEZMO:

Sabemos que los profetas fueron hombres valientes y fieles que transmitieron al pueblo de Israel los mensajes de Dios; fueron mensajeros del Altísimo que corrigieron, consolaron, exhortaron y amenazaron conforme a la acción del Espíritu Santo en ellos. Respecto al diezmo encontramos en sus mensajes órdenes muy precisas:

Ordena el profeta Amós: “Llevad de mañana vuestros sacrificios y el tercer día vuestros diezmos”, (Amós 4-4). Y Malaquías es aún más fuerte y explícito; meditamos con atención sus palabras: “Desde los días de vuestros padres os venís apartando de mis preceptos y no los observáis; volveos a mí y yo me volveré a vosotros, dice Yahvé Sebaot”.  Decís, ¿en qué hemos de volver?, puede, acaso un  hombre defraudar a Dios?, pues vosotros me defraudáis a mí, y aún decís, ¿en qué te hemos defraudado?, en el diezmo y en la ofrenda reservada. De maldición estáis malditos, porque me defraudáis a mí vosotros, la nación entera.

Llevad el diezmo íntegro a la casa del tesoro, para que haya alimento en  mi casa; y ponedme así a prueba, dice Yahvé Sebaot, a ver si no os abro las esclusas del cielo y no vacío sobre vosotros la bendición hasta que ya no quede, y no ahuyento de vosotros al devorador, para que no os destruya el fruto del suelo y no se os quede estéril la viña en el campo, dice Yahvé Sebaot. Todas las naciones os felicitarán entonces, porque seréis una tierra de delicias, dice Yahvé Sebaot”, (Malaquías 3, 7-13)

El Señor, por medio de su profeta ordena pagar el diezmo íntegro y no defraudarlo. Nos invita a ponerlo a prueba, a ver si no derrama, en cambio, su bendición divina. Todos nosotros hemos comprobado la veracidad de estas palabras y su exacto cumplimiento en quienes, con alegría y generosidad, dan al Señor el diez por ciento de todas sus ganancias..

Una persona muy rica decía en cierta ocasión: “Cuando empecé a trabajar como obrero me ganaba muy poco, pero comencé a dar al Señor el diez por ciento de mi salario; hoy la cantidad que pago mensualmente es muy elevada porque Él, en cumplimiento de su promesa,  ha aumentado mucho mis bienes”.  Pero, en esta profecía encontramos, además de las promesas de bendición que hace el Señor a quien lleve íntegro el diezmo, la maldición para quien lo defraude.  La bendición que el Señor promete es doble, la abundancia de los bienes y la destrucción de las plagas que devorarán los viñedos y los demás frutos del suelo.

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Cuando uno observa la cantidad creciente de virus, insectos y demás plagas que azota a los cultivos, se pregunta si esto no obedecerá,  en parte al menos, al descuido creciente para ofrendar al Creador el diezmo por las cosechas?; lo mismo podemos decir de quienes trabajan en la ganadería, avicultura, porcicultura, etc. La realidad, es que en la práctica creemos que somos dueños absolutos de los bienes y hacemos a un lado las repetidas enseñanzas de la Palabra de Dios, respecto al pago de los diezmos, como reconocimiento del Señorío de Dios sobre las personas y los bienes.

OBEDIENCIA DE LOS ISRAELITAS:

En segundo libro de las Crónicas vemos la manera como los israelitas cumplían lo ordenado por el Señor en relación con los diezmos: “Mandó al  pueblo que habitaba en Jerusalén que entregase a los sacerdotes y levitas la parte que les corresponde a fin de que pudiesen perseverar en la Ley de Yahvé”. Cuando se divulgó esta disposición, los hijos de Israel trajeron en abundancia las primicias del trigo, del vino, del aceite y de la miel y de todos los productos del campo; presentaron igualmente el diezmo de todo en abundancia. Los hijos de Israel y de Judá que habitaban en las ciudades, trajeron también el diezmo del ganado mayor y menor y el diezmo de las cosas sagradas a Yahvé, su Dios y lo distribuyeron por montones.

En el mes tercero comenzaron a apilar los montones y terminaron el mes séptimo. Vinieron Ezequias y los jefes a ver los montones y bendijeron a Yahvé y a su pueblo Israel. Cuando Ezequias  preguntó a los sacerdotes y a los levitas acerca de los montones, respondió el sumo sacerdotes, Azarías, de la casa de Sadop, y dijo: “Desde que se comenzaron a traer las ofrendas reservadas a la Casa de Yahvé, hemos comido y nos hemos saciado, y aún sobra muchísimo, porque Yahvé ha bendecido a su pueblo, y esta gran cantidad es la que sobra. (II Crónicas 31,4-11).

Y en libro de Tobías leemos la manera cómo este hombre de Dios cumplía lo dispuesto por el Señor: “Todos mis hermanos y la casa de mi padre Neptalí, ofrecían sacrificios al becerro que Jeroboam, rey de Israel, había hecho en Dan, en los montes de Galilea; muchas veces era yo el único que iba a Jerusalén, con ocasión de las fiestas, tal como está prescrito para todo Israel por decreto perpetuo; en cobrando las primicias y las crías primeras y diezmos de mis bienes y el primer esquileo de mis ovejas, acudía presuroso a Jerusalén y se lo entregaba a los sacerdotes, hijos de Aarón, para el altar. Daba a los levitas, que hacían el servicio en Jerusalén, el diezmo del vino, del grano, del olivo, de los ganados, de los higos y demás frutales, tomaba en metálico el segundo diezmo, de los seis años y lo distribuía en Jerusalén”. (Tobías 1,5-8)

Jesús en las Aguas

CONDUCTA Y ENSEÑANZAS DE JESÚS:

El Señor en el Evangelio dice a los fariseos que hay que practicar la justicia, el buen corazón y la lealtad y que no se debe dejar de cumplir el pago de los diezmos: “Hay de ustedes, maestros de la ley y fariseos que son unos hipócritas; ustedes pagan el diezmo hasta sobre la menta, el anís y el comino, pero no cumplen la ley en lo  que realmente tiene peso: la justicia, la misericordia y la fe. Ahí está lo que ustedes debían poner por obra, sin descartar lo otro, ¡Guía ciegos!; ustedes cuelan un mosquito, pero se tragan un camello”. (Mateo 23.23-24). Pero lo más importante en la vida de Jesús es su espíritu de pobreza y de desprendimiento de las riquezas. Antes de su  ministerio público trabaja como carpintero en Nazaret.

Cuando pronuncia el sermón de la Montaña llama “felices a los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos”, (Mateo 5.3)

Su pobreza es tal que puede decir, “las zorras tienen sus guaridas y las aves del cielo, nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza”, (Mateo 8.20). Cuando indica al joven rico dónde se encuentra la perfección, le dice, “si quieres ser perfecto, vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en los cielos, luego ven y sígueme”,(Mateo 19,21).

En el sermón de la Montaña dice, “no amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polillas, ni herrumbre que corroen, ni ladrones que socaven y roben, porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón, (Mateo 6,19-22).

La doctrina y conducta del Señor son hoy más necesarios que nunca porque vivimos en un mundo que sólo piensa en el dinero y quiere conseguirlo rápidamente y con facilidad, sin importarle los medios, por malos que sean. El punto central de la predicación de Jesús es la llegada del Reino de Dios; esta es la buena noticia que todos debemos creer: Dios, en su bondad infinita, “nos libró de poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención, el perdón de los pecados” (Colosenses 1,13-15).

En dos preciosas parábolas del Reino, la del tesoro escondido y la de la perla preciosa, (Mateo 13.44-47), nos enseña Cristo que para conseguir el reinado de Dios sobre nosotros es necesario venderlo todo y entregarlo, porque ese es su precio. Si de veras quiero conseguir el tesoro infinito del Reino de Dios en mi vida, tengo que darme totalmente a mi Señor y no reservarme nada: “vende todo lo que tienes y compra el campo aquel”, (Mateo 13.44). Si hago esto, Cristo, el Señor, me constituye administrador de sus bienes; soy un siervo de Cristo que administro bienes suyos y de distinto orden, incluidos el dinero y demás objetos materiales, y que a la hora de mi muerte voy a escuchar de Él estas palabras: “Dame cuenta de tu administración” (Lucas 16.2).

Cuando olvido esto y creo que soy dueño absoluto de los bienes cometo la gran equivocación e impido que Cristo sea el Rey y Señor de mi vida. Ahora bien, la manera efectiva y constante de reconocer el Señorío de Cristo sobre los bienes que he recibido de Él para una recta administración, es darle la décima parte de las ganancias. Cuando llevo el diezmo a su Casa, reconozco que Él es dueño de todo y que yo, únicamente, administro lo que es. Desafortunadamente, como dijo alguien con razón, “el Reino de Dios termina frecuentemente en nuestra chequera o en nuestro bolsillo”, pues cuando se trata de bienes de fortuna nos portamos como si nosotros fuésemos los verdaderos dueños y Dios nada tuviese que ver con ellos. Recordemos siempre las enseñanzas de Jesús, que les dijo: “mirad y guardaos de toda codicia, porque, aún en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes”.

Les dijo una parábola: “Los campos de cierto hombre rico dieron mucho fruto, y pensaba entre sí, diciendo, ¿qué haré, pues no tengo donde reunir mi cosecha?, y dijo: voy hacer esto, voy a demoler mis graneros y edificaré otros más grandes y juntaré allí todo mi trigo y mis bienes y diré a mi alma”, alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años, descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: necio, esta misma noche te reclamarán el alma: las cosas que preparaste, ¿para quién serán?”(Lucas 12,15-22)

DAR CON ALEGRÍA:

San Pablo, el gran apóstol de Cristo, se preocupó también por las necesidades temporales de sus hijos y dedicó muchos esfuerzos a la organización de una gran colecta de dinero para los pobres de la Iglesia de Jerusalén.

En su segunda carta a los Corintios, les expone los beneficios que han de resultar de esta ayuda fraternal y escribe lo siguiente: “Os digo esto: el que siembra escasamente, escasamente cosecha, pero el que siembra a manos llenas, a manos llenas cosecha; cada cuál dé según el dictamen de su corazón, no de mala gana, ni forzado, pues Dios ama al que da con alegría, y poderoso es Dios para colmaros de toda gracia a fin de que teniendo, siempre y en todo, todo lo necesario, tengáis aun sobrante para toda obra buena. Como dice la Escritura, “repartió a menos llenas , dio a los pobres, su justicia permanece eternamente. Aquel que provee de simiente al sembrador y de pan para su alimento, proveerá y multiplicará vuestra sementera y aumentará los frutos de vuestra justicia. Sois ricos en todo para toda largueza, la cual provocará por vuestro medio, acciones de gracias a Dios. Porque el servicio de esta acción sagrada no solo provee a las necesidades de los santos, sino que redunda también en abundantes acciones de gracias  a Dios. (II Corintios 9.6-13)

UNA GRAN SOLUCION:

Todos estamos hondamente preocupados por los graves y numerosos problemas sociales que agobian a muchos hermanos. Las necesidades de todo orden son incontables e imposibles de solucionar con los medios actuales. Vemos surgir a diario iniciativas diversas para ayudar a los que necesitan educación, vivienda, salud, elementos de trabajo, etc., pero todo queda corto ante la gravedad del problema.

Encontramos la única solución efectiva en una vida auténticamente cristiana.  Solamente hombres nuevos, con un corazón nuevo, pueden renovar el  mundo. Y aquí estamos frente a un medio muy concreto, efectivo, posible y al alcance de todos: dar a los necesitados el diez por ciento de nuestras ganancias.  Si un día nos decidiésemos  todos a dar este paso con fe en la Palabra de Dios, como demostración de nuestro reconocimiento  del Señorío de Cristo y con espíritu de cooperación fraternal, daríamos  la más grande y  salvadora respuesta a tan grandes problemas.

Que al  partir a la eternidad recibamos de Dios el premio eterno a nuestra bondad y Él acepte con agrado lo que aquí en la tierra hemos compartido: “Vengan, benditos de mi Padre y tomen posesión del Reino que ha sido preparado para ustedes, desde el principio del mundo, porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, fui forastero y ustedes me recibieron en su casa, anduve sin ropas y ustedes me vistieron; estuve enfermo y fueron a  visitarme; estuve en la cárcel y me fueron a visitar”. (Mateo 25.34-36)

Con la confianza puesta en el Señor invitamos a todos a reflexionar seriamente sobre este tema y a dar con generosidad la ofrenda del diezmo. Su santidad, el Papa Benedicto XVI, en la carta encíclica sobre el amor cristiano, dice: “La iglesia es la familia de Dios, en el mundo. En esta familia no debe haber nadie que sufra por falta de lo necesario” (Deus Caritas Est.No.25). Y la beata Teresa de Calcuta, modelo de bondad decía: “Cuanto mas pobres somos, más podemos dar; parece imposible, pero no es así, esa es la lógica del amor”.

“No nos cansemos de obrar el bien, que a su tiempo nos vendrá la cosecha, si no desfallecemos. Así que mientras tengamos tiempo hagamos el bien a todos, especialmente a nuestros  hermanos en la fe”.(Gálatas 6.9-11).
En las manos y bajo la protección de la Santísima Virgen María, Madre y Maestra de la generosidad, dejamos estas reflexiones para que las meditemos y entendamos mejor lo que significa el diezmo en la vida de todo buen cristiano y cómo es de importante colaborar con Él, como Iglesia que somos desde el momento de nuestro bautismo y como responsables de las necesidades de los demás, porque muy mucha más alegría, cuando damos, que cuando recibimos.

A PROPÓSITO,…¿¡USTED COLABORÓ YA CON LA OFRENDA DEL DIEZMO?.

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Antiguo Parque de Zapatoca Parque Actual de Zapatoca visto desde una de las Torres de la Iglesia de San Joaquín (2008) Saulo Toledo Plata, Presidente EULALIA SERRANO ARDILA, Tesorera LIBARDO LEÓN GUARÍN, Fiscal CÉSAR ARDILA GÓMEZ, Vice-Presidente MARIO GÓMEZ LIZARAZO, Directivo