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Hotel Las Mantilla

Enviado por: LUIS CARLOS DÍAZ OTERO - Desde Neiva, Colombia

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Autor: JUAN CRISTOBAL MARTINEZ (“JUANCE”)
Tomado del semanario “SÁBADO” Junio 17 de 1944

La víspera de viajar por primera vez a Bogotá, ya por la noche estaba toda mi familia en el Casona típica en la Meseta de los Santos, cerca a Bucaramanga, Colombiaaposento de la casa, sentada en torno a un gran baúl en el que mi madre iba colocando la ropa y los útiles de uso personal para el viaje.

En medio de la tristeza que en todos producía mi separación del hogar, había cierta inquietud y a cada instante se acercaba alguna de mis hermanas:

-Le pusieron el jabón?.

- Envolvieron los pañuelos?.

- Dónde van las corbatas?.

Solo mi padre sentado en una amplia butaca, callaba y parecía meditar en cosas graves. De pronto tiró la colilla del cigarrillo y con voz fuerte me dijo:

- Fíjese bien: de aquí van al Hotel de las Mantilla en Los Santos. Y tras un breve silencio agregó: allá me hospedaba yo cuando viajaba de estudiante a Bogotá.

Los Santos, el humilde pueblecito, se ufanaba del Hotel de las Mantilla, con la misma arrogancia, conque Roma puiede ufanarse del Vaticano, o la ciudad de Lovaina con su Universidad (Bélgica en el Brabante).

Al caer la tarde, con aquella gran melancolía con que caen las tardes sobre las grandes llanuras, cabalgaba yo apresuradamente por la Mesa de Los Santos, con el aspecto hermosísimo de un sol abotagado y rojo que parecía bailar ebrio sobre la móvil línea del horizonte.

 

De pronto me apareció el pueblo, gracioso y atrayente y trotando por sobre su larga calle bien empedrada, llegué a la plaza donde un hombre malhumorado que fumaba un larguísimo cigarro me indicó: - Allá queda el Hotel de las Mantilla.

Paisaje Campestre en la Meseta de los Santos, Santander, Colombia

Al desmontarme, una mujer alta y delgada, de rostro enjuto y plácido como el de aquellas mujeres piadosas y castas que el Benedictino puso de rodillas frente a sus crucifijos exangües, salió a darme la bienvenida y a decirme que entrara porque estaba en mi casa. Esta mujer era la señorita Matilde Mantilla, la propietaria del hotel que se llamaba “de las Mantilla”, que tuvo su inicio por una concesión histórica y graciosa hecha a la razón social con que hacía cien años se había fundado por las dos hermanas Mantilla que residían en el pueblo de Los Santos.

Para ser justos y exactos, en lugar de la fundación podemos hablar de aparición. Porque el Hotel de las Mantilla no se fundó a través de todos los trámites legales, civiles y económicos que dan origen a los negocios y las industrias hoy.

El Hotel de las Mantilla apareció como aparecieron en esos tiempos todos aquellos hoteles acogedores y benévolos de los pueblos, que generalmente llamábamos posadas, y en los que había siempre un muchacho servicial que traía y llevaba la mula, una mujer del servicio que nos conseguía agua caliente y una muchacha graciosa que nos contaba sus cuitas de amor, nos invitaba a bailar y nos pedía que le recitáramos “La gran Tristeza” de Julio Flórez.

Simón BolívarLa historia del “Hotel de las Mantilla” estaba ligada a la historia patria como la Batalla de Boyacá o la Conspiración septembrina: una tarde se supo que el Libertador Simón Bolívar, después de su estada en Bucaramanga iría de viaje para Bogotá y se cayó en la cuenta, que en el pueblo de Los Santos (lugar obligado donde pernoctaban los viajeros en lomo de mula), no había hotel ni casa grande en donde alojarlo. Pero las señoritas Mantilla que acababan de llegar de Girón y pertenecían a la buena sociedad de aquella ciudad señorial, gozaban de frama y acomodadas y corría la voz de que guardaban fina vajilla, muchos colchones y manteles y hasta cortinas para olagr en caso de fiesta grande.

Se resolvió por la Junta Patriótica de recibimiento, alojar a Bolívar donde las Mantilla. Las dos matronas aceptaron tan alto y delicado honor y se pusieron a la obra de adaptar su humilde casa para tal fin.

Se comenzó el aseo de toda la casa, se limpió la vajilla, se plancharon las sábanas, se colgó una percha en el corredor y se sacó a relucir el jarro de plata que el día de la boda de sus papás, les había regalado don Cupertino Mantilla.

Desde entonces quedó la casa de las Mantilla, convertida en Hotel, el el Hotel de Los Santos y por allí ha pasado la historia de Santander durante cien años.

Allí en el Hotel de las Mantilla se alojaron una noche y durmieron plácidamente después de discurrir los graves problemas de la patria reciente, el doctor Francisco Soto, don Juan Nepomuceno Toscano y don José Ignacio Ordóñez Salgar, que iban a formar parte de la Convención neogranadina de 1831.

Allí se había hospedado por primera vez en una noche del mes de Febrero de 1834 un joven abogado que iba a ocupar una curul en el Congreso de 1834 y que debía llegar a ser desde ese mismo año el más famoso y emocionado orador de la República, el doctor Clímaco Ordóñez, que salió de Girón con el alba para ir a pernoctar al Hotel de las Mantilla.

Tambien en este hotel habían dormido en varias noches de afán y responsabilidad, estudiando la situación de la guerra de 1834, el general Tomás Cipriano de Mosquera, el general Tomás Herrera, el doctor Agustín Codazzi y otros jefes constitucionales.

Quizá sobre aquella vieja mesa de comedor, había extendido el Dr. Codazzi sus primeros apuntes sobre el mapa de Colombia, cuando estudiaba con Mosquera la región de Macaregua a fin de burlar las contínuas amenazas del melista Juán de Jesús Gutiérrez.

Y allí en esas modestas piezas se había hospedado también don Victoriano de Diego Paredes cuando viajó a Bogotá para recibir sus cartas credenciales como ministro de Colombia en Washington y Manuel Murillo Toro, cuando iba a presidir la célebre Convención de Pamplona.

 

El Hotel Carretera en inmediaciones de la Meseta de los Santosde las Mantilla como todos esos hoteles de nuestros viejos caminos de herradura, acogedores y llenos de toda confianza, no tenía todo ese tren aparatoso y cómodo que hoy tienen los hoteles modernos. No había teléfono pero se gritaba “Estefanía..... ó Zoila...” y antes de dos minutos estaban ahí Estefanía y Zoila para servir; no tenían agua helada, pero el tinajero del patio mantenía un agua clara y fresca, mejor que todas las aguas heladas. Se carecía de timbre en las piezas, pero al dar un palmetazo, llegaban la señorita Matilde y la cocinera y la de adentro y la boba que llevaba los platos y el muchacho que llevaba la mula a ver qué se ofrecía.

Es más, muchas veces, el mismo señor Alcalde en persona, que estaba tomándose un aperitivo en la tercena que quedaba contigua al hotel, soltaba su copa y corría a decir a la dueña del hotel:

- Como que llamó el señor Martínez?.

Yo no podré olvidar aquella primera noche que pasé en el Hotel de las Mantilla; como llegué cansado por lo duro de la jornada, me acosté temprano y estaba leyendo un periódico, cuando se abrió la puerta y asomando apenas el rostro pálido, la dueña me preguntó en voz baja:

- Le pusieron vaso de noche, señor Martínez?.

- Sí, mi señora. Ya iba a quedarme dormido cuando volvió a abrirse la puerta y se asomó el muchacho que había llevado las mulas, a decirme:

-Sr. Martínez, las mulas quedaron en el potrero de los Sarmiento.

Apagué la vela, una tímida vela de sebo y en ese momento la puerta volvió a entreabrirse, era la criada de adentro que me preguntaba:

- Le pongo más arequipe?.

- Bueno, le respondí, -póngame otro poquito.

Creyéndome ya libre de tantas atenciones, me cubrí con la sábana, cuando la puerta volvió a sonar y la misma voz me preguntó:

- Se lo acompaño con pan?.

-Bueno, con pan.

Pero todo esto lo soportaba uno con euforia, porque eran atenciones salidas del corazón de esas gentes.

Aún me río de buen humor al recordar al escena mañanera cuando pedí la cuenta. Éramos tres y la señorita Mantilla, con un largo lápiz y acompañada de la telegrafista que ahí se hospedaba, hacía sumas y restas. Al fin le dijo a la criada de confianza:

- Llévele la cuenta y si le pare mucho, rebájele algo.

Yo la apuré y le dije:

- Tráigame la cuenta señorita.

Lentamente y gravemente como quien se acerca al patíbulo se me fue acercando y ya a cierta distancia me preguntó: - La de los tres señores?.

- Sí la de los tres.

La señorita Matilde con voz entrecortada me dijo:

- Pues si es la de los tres señores, serán ciento veinte, porque todo está muy caro.

- Cuánto señorita?.

- Ciento veinte.

La telegrafista dió un paso adelante y observó:

-Sí señor: ciento veinte como se decía antes o mejor dicho: un peso con veinte centavos de hoy.

 

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