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Breve Historia de Zapatoca (II)

Carmen Rosa Pinilla Díaz - Secretaria General - Centro de Historia de Zapatoca

Carmen Rosa Pinilla Díaz - Secretaria General - Centro de Historia de Zapatoca

Un pueblo sin historia, es un pueblo sin futuro; cuando no se conoce la historia, se corre el peligro de repetir los errores cometidos; seguimos con nuestro hermoso cuento Zapatoca; ya conocimos sobre  la presencia indígena en nuestra tierra, cuando estudiamos la vida de nuestros antepasados, los Guanes, que aunque directamente no vivieron en el propio llano de Zapatoca, sí estuvieron muy cerca, por los límites de Guane y Betulia, haciendo cuadro con la parte correspondiente a nuestro territorio.

 

Ahora comenzamos con nuestro propio pasado, cómo era la ciudad y cuáles sus encantos en las últimas  décadas del siglo XVIII y durante el siglo XIX, para empalmar con las primeras décadas del siglo XXI, y así  poder apreciar mejor el progreso actual de la Villa y valorar los esfuerzos realizados por sus mismos habitantes, hasta escalar un puesto importante entre los pueblos de Santander.

Con sobrada razón, podemos recordar aquí la estrofa del poeta castellano, Gabriel y Galán: “La vida era solemne, puro y sereno el pensamiento era, sosegado el sentir como las brisas, mudo y fuerte el amor, mansas las penas, austeros los placeres, raigadas las creencias, sabroso el pan, reparador el sueño, fácil el bien y pura la conciencia”.

“La vida era solemne”: Zapatoca era ya  una verdadera ciudad, con un buen número de familias, entre las cuales muchas distinguidas por su sangre; pero no adelantemos la historia, iremos despacio, ya conocimos la existencia aborigen de nuestra tierra; no podemos olvidar que los primeros habitantes de estos contornos fueron los indígenas, sobretodo los Guanes, con sus caciques Guanentá y Chanchón.

Para mayor claridad, hemos dividido el trabajo en varios temas, a saber:

DE LA CULTURA EUROPEA: se divide en los siguientes: Presencia externa.- Presencia e influencia de los colonizadores alemanes.- Primeros habitantes españoles.- La esclavitud.

FUNDACIÓN:- Antecedentes y establecimiento.- Instancias tituladas en el distrito de Zapatoca.- Biografía del Dr. Francisco Basilio de Benavides.- Biografía de Melchor de la Prada y Arenas.

COLONIZACIÓN:- Morillo, Enrile, Fominaya y Retamal.
INDEPENDENCIA:- Influencia en Zapatoca y su participación.- La Patria Boba.- Reconquista española-

ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA

ORGANIZACIÓN ECLESIAL Y CIVIL- Título de Villa.- Actas populares.- La posguerra.- Hacia el Magdalena.- Comisión Coreográfica.- Controles del Gobierno

SOCIEDAD Y CULTURA EN ZAPATOCA

MINERÍA,  AGRICULTURA, TRANSPORTE:  Guillermo Gómez Ortiz.- Caminos de Lengerke.

EL SIGLO XX:- La Guerra de los Mil Días.- Colonización y creación de asentamientos.- Desarrollo, funcionamiento y fin de la provincia

DESARROLLO VIAL:- Problemas ecológicos en la primera mitad del siglo XX

FUENTES DE LA HISTORIA:-

El Sr, SAULO TOLEDO PLATA, reescribió la historia de Zapatoca,  tomando la información de las siguientes fuentes: Dr. Mario Acevedo Díaz, dr. José Antonio Escandón, de la Revista Estudio, de la Academia de Historia de Santander.-.

Dr. Bernardo Ruiz.- dr. Armando Martínez Garnica y Juan Alberto Rueda Cardozo.-
Documentos de los archivos de Zapatoca, recuperados , de un incendio por  el Pbro. Isaías Ardila Díaz, 

Carmen Pinilla Diaz, archivo del programa radial en 2003.

PRESENCIA DE LA CULTURA EUROPEA

INFLUENCIA   EXTERNA:

La situación geográfica de Zapatoca, impidió que su territorio fuera visitado por los conquistadores, lo cual no implica que no haya tenido influencia de ellos, si bien ésta fue indirecta. La ruta para el interior del territorio de la Nueva Granada a partir del Río Magdalena fue a través de la selva, siguiendo la vertiente de los  Ríos Opón y Carare, pasando por Vélez y Puente Real.

El primer conquistador que penetró en territorio guane fue Ambrosio Alfinger, por orden del Emperador Carlos V que a  principios de 1528 celebró un tratado con los alemanes concediéndoles la conquista de las tierras comprendidas desde el límite de la gobernación de Santa Marta hasta Marcapana, hoy Venezuela.  

En ese entonces, Ambrosio Alfinger era agente en Santo Domingo de los grandes banqueros Welser y recibió de la corona el nombramiento de Gobernador de las tierras cedidas a los alemanes.    Ilusionado con la noticia de que los indígenas se bañaban en oro, se hizo a la vela el 24 de febrero de 1529 llegando a Coro, en Venezuela, fundó en junio del mismo año la población de Maracaibo, y después de permanecer allí un año, emprendió el 1 de septiembre de 1531 el proyecto de llegar a los confines del dominio guane en compañía de Pedro Gutiérrez, soldado que impulsó a Alfinger a esta conquista, y del Capitán Bartolomé Hernández de León, quien más tarde sería alcalde de Guane; en Compañía de 40 jinetes, 120 hombres de a pie y varios indios esclavos, y luego de muchas penurias y combates con naturales que iba encontrando a su paso, llegó al valle del Río de Oro.

Continúa su viaje hasta encontrar la laguna que más tarde llamó de San Mateo, situada en una llanura que llamó en Valle de los Caracoles, por la cantidad de moluscos que encontró allí.   Alfinger Ordenó al Capitán Estéban Martín inspeccionar un caserío que había divisado desde una de las alturas, con el fin de buscar provisiones. Este se dirige al pueblo llamado Elmene, y los nativos temerosos corren a defender sus tierras, desatándose una lucha que como siempre ganan los invasores.

Al enterarse Alfinger de la abundancia de frutos y cultivos hallados en Elmene, se dirige a esa región. Los indios antes de huir prenden fuego a todos sus bohíos. Allí permanece 5 días reanudando la marcha hacia la cordillera, donde el frío dificulta la marcha y causa la muerte a muchos de sus indios cargueros y no pocos soldados.

Después de muchas penalidades llega a Servitá, en los dominios de los Laches. Allí permanece unos días recuperándose, y en su desesperación por lo agreste del terreno resuelve regresar a Coro. Atraviesa el Páramo del Almorzadero, llegando al valle que después se llamó del Espíritu Santo, donde más tarde sería fundada la ciudad de Pamplona. Continúa río abajo en busca del lugar de partida, pero los enfurecidos Chitareros le impiden el paso, y después de un encarnizado combate logran clavar una de sus flechas en el cuello de Alfinger, quien muere días después. Corría el año de 1533. Sus compañeros, afligidos por la muerte del caudillo, sepultaron cuidadosamente su cadáver junto a un frondoso árbol, colocando el epitafio siguiente:

“En Alfinger fue nacido
Una ciudad de Alemania,
Tierra bárbara y extraña
Tiene mi cuerpo escondido
En medio de esta montaña;
Muerto entre crueles manos
De los placeres humanos
No llevó mejor placer
Que morir donde ha de ser
Habitación de cristianos”. 

No hemos podido determinar cuál de las culturas externas tuvo mayor influencia en la vida cotidiana de Zapatoca, por cuanto hay hechos que necesariamente tuvieron su origen en otras latitudes. Tal el caso del matrimonio civil, que para la época de su ocurrencia, cuando la vida política y religiosa dependía de las normas de la Iglesia Católica, era un hecho insólito.

Se iniciaba entre nosotros bajo el signo de la revolución que un año atrás había sacudido a París, el gobierno de don José Hilario López, fruto de la célebre y tumultuosa jornada parlamentaria del 7 de marzo de aquel mismo año de 1849. Con el régimen de López comenzaba una de las más agitadas épocas de nuestra historia. Los radicales tenían sus programas de lucha antirreligiosa que habrían de producir por más de treinta años un tremendo estado de agitación en todo el país.

El espíritu de partido irrumpió en la entonces  tranquila y sosegada vida de los pueblos y las gentes se polarizaban en dos bandos político religioso, el uno de parte de la autoridad eclesiástica y el otro de la civil. Era apenas natural que las fricciones se produjeran con alarmante frecuencia y sobrevinieran serios trastornos de la tranquilidad pública.

La implantación del matrimonio civil,  como único válido ante la ley con total prescindencia del religioso, fue una de las reformas que más hondamente conmovió a nuestras gentes, pues se pretendía destruir el pilar sobre el cual se asienta la familia cristiana como lo es el sacramento referido.  La protesta de los prelados de la Iglesia no se demoró, a lo cual siguió la persecución  de éstos, por cuenta del Estado.

Los hechos ocurrieron en 1854, siendo alcalde el señor Blas Rueda, cura Párroco el Presbítero Doctor Joaquín M. Roldán, natural al parecer de Charalá y pariente del político y gobernante don Antonio Roldán y Juez de Cantón el señor Narciso Rojas, quien en forma más o menos espectacular, ofició una diligencia – la primera que ocurría en Zapatoca – de matrimonio civil:

El 19 de marzo de 1854, día de San José, y además domingo, el cura conminó a los actores  y declaró fuera de la Iglesia al Juez, al Secretario, a los contrayentes y a los testigos, pero lo hizo en forma desmedida y ofensiva.  Decimos esto porque la Arquidiócesis en oficio del 12 de abril del mismo año al Vicario Principal de Zapatoca, refiriéndose al sermón del cura Roldán dice: “Si un eclesiástico, y principalmente un párroco esta obligado a inculcar oportunamente a los fieles la sabia doctrina de la Religión Católica, e impedir en cuanto esté de su parte el que infrinjan los preceptos de Dios y de su Iglesia, esto debe hacerse con dulzura, con prudencia y con aquel espíritu de verdadera caridad de que nos dio el ejemplo nuestro Divino Maestro Jesucristo, y sin imponer jamás penas que la Iglesia no  ha impuesto…. al tener noticia de los funestos acontecimientos que han tenido lugar en Zapatoca, tanto más si en esto ha tenido parte alguna la indiscreción o falta de prudencia del párroco. Este debe retirarse de Zapatoca, quedando en su lugar el presbítero Onofre Otero”.

El Juez, a su turno, dictó orden de detención contra el Párroco, y solo convino en dejarlo nuevamente en libertad  cuando los vecinos influyentes y acaudalados se prestaron a extenderle fianza por la suma de dos mil pesos, -cantidad en aquella época apreciable-, como si se tratara de un elemento peligroso para la justicia.

Pero no había de parar ahí la inquina del arbitrario Juez.   El padre del señor cura, anciano ya, se puso a comentar de modo picante para las autoridades lo dicho por su hijo, en la segunda tienda de acera occidental de la primera calle real, (hoy la carrera 9ª).  Enterado el Juez, dictó orden de detención contra el padre del Dr. Roldán, alegando que estaba ebrio, lo que resultaba falso según la opinión pública. La orden se cumplió prontamente por parte del alcalde, quien estaba en un todo del lado del juez. Como no aparecieran las llaves de la prisión, al anciano se le detuvo provisionalmente en el zaguán de la cárcel.  Entre comentario y comentario se enteraron del hecho Sergio y Rodolfo, dos hermanos del señor cura y se dirigieron al lugar donde estaba recluido su padre, y haciéndose justicia por mano propia tomaron del brazo a su padre y triunfantes lo llevan a su casa. Esto ocurría en las primeras horas de la noche del citado día.

Ya entrada la noche, los enemigos del Cura comprometieron al Alcalde a que redujera a prisión a los dos hermanos Roldán. El alcalde reúne a sus secuaces y se dirigen a la casa cural, que entonces era frente a la puerta lateral de la Iglesia por el costado norte,  con el fin de llevarse presos al anciano y a sus hijos.

Al verlos venir, el señor cura hace cerrar y tranzar con un fuerte palo el portón principal de la casa. El alcalde y sus secuaces rodean la habitación del Párroco e intimidan rendición, pero al hallar la puerta cerrada resuelven derribarla. Para evitar mayores males, el Dr. Roldan se asoma por la ventana y le ofrece al Alcalde presentar a sus dos hermanos en primera hora del siguiente día, siempre que se despejara la calle y se suspendiera toda acción violenta.

No aceptó esto el Alcalde y continuó el forcejeo contra la puerta que, por ser vieja, cedió prontamente a la furia de la turbamulta. Libre la entrada los amotinados trataron de avanzar al interior de la casa, contra lo cual salieron los dos hermanos del párroco resueltos a no dejar pasar a nadie,  sino por sobre sus cadáveres.

Se trabó una violenta lucha entre Sergio Roldán y un negro liberto, jayán de malas pulgas llamado Pedro Maldonado, y ya estaba dominándolo aquel, cuando sorpresivamente un individuo, que se decía oriundo de Girón y que iba entre la chusma le asestó a Sergio una atroz puñalada por debajo del brazo de Maldonado, cayendo mal herido el joven Roldán. Al mismo tiempo Rodolfo defendía furiosamente la entrada repartiendo mandobles con la enorme tranca de la puerta. Uno de los asaltantes resultó  con un brazo destrozado que tuvieron que amputarle y otros mal heridos

Uno de los golpes dio en la cabeza del Alcalde, fracturándole el cráneo y cayendo al suelo. Al ver los asaltantes caído a su jefe y el denuedo inesperado con que defendían su casa los Roldán, optaron por la retirada para repetir el asalto con mayores fuerzas. Sergio entró herido a su casa,  dio a su hermano sacerdote la noticia de los heridos que había dejado y que él estaba para morir; se confesó y murió. Entretanto las campanas de la iglesia tocaron a fuego para que los fieles salieran en defensa de su párroco.

La sensación en el poblado no es descriptible. Inmediatamente se organizaron voluntarios para proteger al párroco y su hogar, y se enviaron postas a los campos aledaños para solicitar refuerzos. Sabedor de ello don Lorenzo Díaz, gran amigo del Dr. Roldán y persona de las más estimadas en Zapatoca, a las pocas horas de ocurridos los lamentables sucesos y estando en su hacienda de “El Carrizal”, organizó una cuadrilla con sus peones y vivientes trasladándose al poblado y enviando al mismo tiempo a marchas forzadas un propio para notificar de los hechos al Gobernador del Estado Soberano de Santander, en El Socorro, que lo era el Doctor Ramón Mateus. (Debe tenerse en cuenta que por aquella época no existían más medios de comunicación que los viejos caminos de la colonia).

Inmediatamente quedó organizada en la casa cural una fuerte guardia que la custodia por varios días hasta que llegó la tropa regular de la capital del Estado.     La misma noche de los sucesos moría Sergio Roldán, y dos días más tarde el Alcalde. La ciudad estaba convertida en un campo de batalla.

La consternación fue indescriptible. El entierro de don Sergio se hizo el 21 de marzo. La partida de defunción se encuentra al folio 1029 del libro primero. Había dicho que ni muerto pasaría por la puerta de la cárcel, y sucedió que cuando el entierro, conducido por el Doctor Pedro Guarín iba dándole la vuelta a la plaza, -como era costumbre entonces-,  y se encontraba frente a la casa contigua a la cárcel,  -la que es hoy Inversora Pichincha-, corrió la voz de que en ese momento se traían preso al señor Cura, y cierto o no, se formó tremendo desorden; los que iban con el acompañamiento del cadáver se fueron a la protección del párroco, y entonces el Doctor Guarín y los cuatro cargueros, calladamente y con la mayor prisa vuelven a recorrer la calle norte de la plaza, y por allí directamente van al cementerio, sin que realmente ni muerto,  pasara don Sergio por la puerta de la cárcel.

Ante estas circunstancias el propio Gobernador resolvió trasladarse a Zapatoca y una vez enterado de los acontecimientos, procedió a destituir al juez y a nombrar autoridades imparciales  que garantizasen la tranquilidad pública, con lo cual renació la calma  tan bruscamente alterada.    El Cura, como era su deber, comunicó a su superior el escándalo  y recibió el oficio a que hicimos referencia antes.

La presencia alemana solo llegó a Zapatoca en 1860, cuando Geo Von Lengerke la visitó con ocasión de sus negocios, si bien desde 1857 había adquirido del Estado los terrenos donde fundó la Hacienda de Montebello. Posteriormente fundó la hacienda El Florito, un complejo agrícola y comercial, donde funcionaba el centro de producción y exportación de quina. 

El 2 de enero de 1860 contrató con el Ayuntamiento de Zapatoca el mantenimiento y rectificación del camino a San Vicente y Montebello. En 1862 contrató con el Gobierno del Estado la construcción del camino Zapatoca-Barrancabermeja. En 1865 adquirió la casa ubicada a una cuadra del parque principal  “Policarpa Salavarrieta”, (por Acuerdo del Concejo, en el pasado mes de agosto,  se le cambió el nombre por “Geo Von Lengerke”)  y en 1871 compró otra casa contigua.

En esta amplia casa tenía el depósito y una gran pesebrera para sus mulas. (Infortunadamente esta casa fue destruida para permitir la construcción del Colegio Salesiano). El 15 de octubre de 1868 le fue adjudicado el contrato para la construcción del puente sobre el Río Suárez en el “Paso de los Ruedas”, en el camino Guane-Zapatoca. Este puente fue inaugurado el 2 de febrero de 1872 con la presencia del Presidente del Estado Soberano de Santander, General Solón Wilches y se le dio el nombre de “Puente Lengerke”; prestó servicio hasta el 5 de mayo de 1964 cuando se cayó por falta de mantenimiento.

En Septiembre de 1880 firmó contrato con el Gobierno del Estado para la explotación y exportación de quina. Había nacido en Donhnsen, el 31 de agosto de 1827, llegó a Bucaramanga en 1852, y murió en Zapatoca el 4 de julio de 1882.

La presencia de este alemán fue muy benéfica para Zapatoca, pues se colonizaron las tierras al occidente de la ciudad y se abrieron caminos para el comercio, aun cuando Lengerke lo haya hecho en cumplimiento de contratos con el Estado y para su comercio de exportación, y no como ha querido inculcarse, por amor a la ciudad. Además de lo relacionado hasta acá, contrató Lengerke la construcción de otros caminos en Bucaramanga, Rionegro, Lebrija y Girón.

Los fundadores de Zapatoca se establecieron aquí para permanecer aislados, evitar la influencia de las luchas sociales y políticas, y llevar una vida apacible. Es posible, y así parecen confirmarlo varios investigadores, que lo hicieran para evadir el pago de los tributos a la corona.

Su comunicación por el occidente hacia el Río Magdalena era imposible por la malsana selva, y hacia el norte y el oriente estaba limitada por los Ríos Saravita y Sogamoso.

Si tenemos en cuenta que los fundadores de Zapatoca eran todos españoles y criollos descendientes de españoles, podemos deducir que la influencia de los conquistadores y colonizadores españoles sí se produjo, pero como dijimos al principio, indirectamente. El trazado del pueblo y las dimensiones de las manzanas y las calles muestran una clara influencia de la arquitectura ibérica.

PRESENCIA E INFLUENCIA DE LOS COLONIZADORES ALEMANES..

PRIMEROS HABITANTES ESPAÑOLES:

Escribió el Doctor Mario Acevedo Díaz:

“Zapatoca fue fundada por colonos españoles o descendientes de éstos, que emigraron de la península en los siglos XVII y XVIII, gentes de las más sanas costumbres, hidalgos campesinos que vieron en aquel pedazo de tierra una prolongación de la Meseta de Castilla, exquisito marco para exaltar las virtudes y continuar la vida abacial de los viejos burgos castellanos al servicio de su Dios y de su Rey.

Así, de sus primeros pobladores, los Serrano y Solano, los Gómez Farelo, los Díaz, los Forero, los Cortés, venían directamente de España; los Acevedo, los Plata, los Rueda, los Prada, los Ortiz, eran descendientes de ilustres familias españolas que se habían establecido en San Gil, Girón Barichara, Guane y Socorro”.

Cuando empezaron a esterilizarse las tierras de Guane, sus antiguos moradores resolvieron buscar un campo más propicio para sus actividades y determinaron trasladarse a cultivar otras tierras, idea que surgió en la mente del cura, don Francisco Basilio de Benavides y en la de don José Serrano y Solano, rico propietario de todas las tierras que se extendían al oriente de Zapatoca, que él llamó Santa Rosa, llegando a sus predios el 30 de agosto de 1739, el mismo día de la fiesta de esta santa, razón por la cual se le puso este nombre, oficializándola con la bendición del cura Basilio, dando él la primera misa de que se tenga noticia.

Junto con don José Serrano y Solano había llegado una fuerte corriente emigratoria procedente de Girón, de la cual formaban parte don Cristóbal de Rueda y Sarmiento, don Antonio de Rueda Ortiz, don Ignacio de la Pinilla, de la casa señorial de este apellido en España, muy amigo del fraile dominico Froilán Sánchez, quien era el director espiritual del Rey Carlos II apodado el Hechizado; este señor Pinilla, por un problema con la Corte fue desterrado por la Inquisición, dándole escoger para su residencia una de las ciudades de Cuzco o de Girón, escogiendo ésta última; de allí vino a fundar a Zapatoca en compañía de su hijo don Ignacio de la Pinilla y González, y don José María de Valenzuela, quien venía igualmente desterrado  de la Península.

Con estos personajes vinieron igualmente muchas familias que se sumaron a la expedición a estas tierras ignoradas hasta entonces. Reflexionando sobre este punto, nos damos cuenta de que, cuando se decidió darle vida al caserío que se estaba formando con todas las gentes que habían emigrado buscando mejores lares, Zapatoca prácticamente ya existía; faltaba la aprobación legal por el Virreinato de la Nueva Granada y la bendición como parroquia bajo la bendición apostólica del entonces Arzobispo de Santa Fe, Diego Fermín de Vergara.

La muestra de esto la tenemos en la misma circunstancia de que el cura Benavides venía con frecuencias más o menos largas a visitar a su feligresía, porque inicialmente dependía del curato de Guane y Curití, parroquia de la que era jefe el señor Benavides, quien llegó a Guane el 21 de mayo de 1731, como bien lo registró él mismo  en el libro 5º de bautismos, folio 195. La Parroquia de Guane era extensísima: Sus límites no solamente se perdían en la maraña de la cumbre de la Cordillera de los Yariguies, sino que se extendían hasta tocar las aguas del Chicamocha, en muchas leguas de su recorrido.

LA ESCLAVITUD:

Como en todo el territorio nacional, la esclavitud estuvo presente en Zapatoca. Las investigaciones que hemos podido adelantar nos demuestran, sin embargo, que el trato que los amos daban a sus esclavos era humano y algunos de éstos preferían seguir como tales a ser dejados en libertad.

Esto no impedía que se comercializaran como animales de trabajo. Prueba de ello son las escrituras que a continuación transcribimos:

“En esta parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá y Señor San Joaquín de Zapatoca, el trece de marzo de mil setecientos y noventa, ante mí don Andrés Josef Gomes y Plata, alcalde partidario de esta dicha parroquia, y por ante los que abajo han firmado, parecieron presentes: don Miguel Antonio de Besga, don José Fernando Forero, don Miguel de Rueda y don Eugenio de Rueda de esta misma vecindad, a quienes certifico que conozco, y dijeron que otorgan y dan poder especial, cumplido y bastante amplio por cuanto se requiera y sea necesario para valer a Juan de la Cruz Rueda, también vecino de esta parroquia, y en la actualidad con residencia en la ciudad de Santa fe, para que en nombre de los otorgantes solicite y busque ya sea en dicha ciudad o en cualesquiera  otra parte, ya sea en casas reales, comunidades, o personas particulares las comodidades y dineros que en una o muchas partes quisiera tomar a préstamo o a senso redimiso o en otra forma lícita y permitida lo que fuere prestado y pagarán a quien lo hubiere de hacer a los plazos y en las partes y lugar que asignare y lo que fuere a senso a que pagarán sus réditos a razón del cinco por ciento y veinte mil el millar mientras no lo rediman a costa de los otorgantes en las partes y plazos que aceptare y a la paga a otras cantidades sus réditos, costos y costas de su cobranza.

El expresado don Miguel Antonio de Besga expresa dar en hipoteca diez esclavos llamados María, Carmen, Josefa, Dolores, Juan Josef, Mauricio, Phelipe, Salvador, Xavier y Lorenzo, una estancia de tierra en el sitio del Totumal, de esta jurisdicción, veinte y cinco mulas de arria y cien reses, todo herrado con la cifra del margen.

El referido don Luis Forero hipoteca media estancia de tierra en el sitio del Potrero  de esta jurisdicción, con un esclavo llamado Josef y veinte y cinco reses herradas con la cifra que se ve al margen.

 

El referido don Miguel de Rueda hipoteca una estancia de tierra en el sitio de El Salitre de esta demarcación, dos esclavos llamados Luis y Dionisia, ocho mulas de arría y cincuenta reses herradas con la cifra del margen.

Y el referido don Gregorio Rueda hipoteca dos esclavos llamados Josef y Juana, catorce mulas de arría y veinticinco reses marcadas con la cifra del margen, cuyas hipotecas declaran que son suyas propias, libres de gravamen y por tal las aseguran en cuya vecindad tomará a censo o prestada cualquiera curiosidad y otorgará las escrituras  correspondientes con las hipotecas señaladas en este poder y con las condiciones y requisitos ordinarios en tales comercios”.
Siguen las firmas.

Otra escritura dice: “En esta parroquia del Señor San Joaquín de Zapatoca, en once de julio de mil setecientos y noventa y cinco,  pareció presente don Agustín Gómez, vecino así mismo de esta parroquia y dice que otorga y vende en venta real por juro y señorío de heredad para ahora y para siempre jamás a don Francisco Álvarez de la Prada para el susodicho, sus hijos, herederos y sucesores para él o aquellos que de la de ellos hubiere título, es a saber un esclavo color amestizado nombrado Francisco Xavier de edad de cuatro años más o menos, el cual fue nacido en su casa y es hijo de una esclava nombrada Joaquina, el que vende con todas sus tachas buenas o malas, sin enfermedades públicas o secretas…….libre de todo gravamen, que no lo ha ni tiene en manera alguna, en precio y cantidad de cien patacones de ocho reales castellanos que por el dicho esclavo me tiene dados, y confiesa tiene retenidos a toda su satisfacción y por no parecer de presente la entrega de ellos, se renuncia a la reclamación, la cual cantidad declara ser el precio de tal esclavo que no vale más, y si más valiere de la demasía y más valor hace el comprador…..”

Hay documentos notariales que certifican la venta en plaza pública de lotes completos de esclavos, y algunas “esclavas con su cría”.

Este lunar, en la bella historia de nuestro municipio, es lamentable, pero así era la costumbre de la época; felizmente pasó a la historia y debemos contarla tal como sucedió para evitar que en el futuro, hechos  tan lamentables se puedan repetir.

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